El Condado de Galway y sus alrededores

Nuestro bloguero invitado Mon Lerma recuerda su viaje al precioso Condado de Galway y sus alrededores.

Recuerdo perfectamente la primera vez que visité el Condado de Galway, en Irlanda. Hace ya años que decidí salir al extranjero como muchos otros estudiantes, para mejorar mi inglés. Aunque terminé residiendo en Dublín, no perdí la oportunidad de viajar hacia el otro lado de la isla, donde se asienta la ciudad de Galway y sus increíbles alrededores. A propuesta de una compañera de clase, cogimos un bus y nos encaminamos hacia nuestro destino de fin de semana. No me preguntéis cómo me acuerdo de los nombres y apellidos del pequeño grupo que íbamos, pero supongo que es por el recuerdo imborrable que esos días me proporcionaron: Noriko Yamamoto, Yukiko Imai, Tetsuya Nakamura, Mª José Arévalo y un servidor. Tres japoneses y dos españoles en busca de la zona más auténtica de Irlanda.

Llamadme loco pero siempre me pareció que Galway, siendo muchísimo más pequeña que otras ciudades como Dublín o Cork, tenía más vida que todas ellas juntas. Cierto es que Temple Bar o la zona centro de Cork no desmerecen en absoluto en cuanto a vida nocturna y gentío, pero Galway… no sabría cómo describirlo, pero me recordaba a una tarde de primavera en Granada: gente a raudales, disfrutando del sol, charlando junto al río, los pubs y las tiendas a rebosar, y sobre todo, muchas sonrisas, así es la gente de Galway.

Hace ya más de 10 años que vislumbré por primera vez los escarpados Acantilados de Moher, al sur de Galway en el Condado de Clare. Por entonces no existían las barreras de piedra que aparecen colocadas a lo largo de la línea más cercana al abismo, de eso puedo estar seguro, porque lo primero que hicimos fue hacernos una foto de grupo tumbados en el mismísimo filo, con una altura de 214 m. justo a nuestra espalda. ¿Inconscientes? Yo lo veía más como una oportunidad única de sentir una punzada en el pecho con sólo ver una foto. Eso es precisamente lo que provoca estar ante tales colosos, mientras el sonido de las olas choca fuertemente contra la roca y las gaviotas vuelan a media distancia entre tú y el mar.

Fue la segunda vez que volví, cuando decidí dirigirme hacia el Parque Nacional de Connemara. Aunque el destino final era un sitio que tiempo atrás me habían recomendado, no pude si no preguntarme al final del día: ¿Merecía más la pena poder observar la preciosa Abadía de Kylemore, o también merecían mi atención los imponentes paisajes verdes y amarillos que se cruzan en el camino? La respuesta es sencilla: Ambos. Tengo aún grabados a fuego en mi mente las montañas y lagos que surcan Connemara conforme me acerco a Kylemore Abbey. El paisaje es tan sumamente salvaje, que uno olvida por momentos a dónde va. Si tienes suerte con la climatología, puedes observar un espectáculo más que imponente: Los rayos de sol reflejados sobre el agua en movimiento, las altas hierbas mecidas por el viento, las ovejas pastando tranquilamente ajenas a todo aquel que las observa… No tengo palabras para describir esa sensación, o quizá sí: Libertad.

Si volvemos a la ciudad de Galway, os diré algo tan cierto como lo que muchos recomiendan: Caminad por sus calles, desde Eyre Square hasta el muelle el Corrib. Parad en algún pequeño restaurante y comprad comida para llevar. Sentaos junto al río, tomad el “lunch” y leed un buen libro junto al Spanish Arch. Tomad una pinta en cualquiera de sus animados pubs. Escuchad música tradicional, divertíos, alegraos, porque estáis en el país más bonito del mundo. Esa es mi sensación.

 

No puedo terminar sin antes mencionar que en este condado se encuentra lo que se denomina la zona Gaeltacht, donde aún se habla el auténtico idioma Irlandés, o Gaélico. Su máximo exponente son las verdes y antiquísimas Islas de Arán. Si Irlanda en general te parece verde, abrupta y espectacular, Inishmore (isla mayor) , Inishmaan (isla mediana) e Inisheer(isla pequeña) te parecerán increíbles. Aquí perviven los orígenes de Irlanda, aquí se encuentra el verdadero espíritu del mar y la tierra, aquí es donde lo rústico se impone, donde la leyenda se torna realidad. No hay palabras para describir lo que se siente frente a los acantilados de Dun Aonghasa, un fuerte de la Edad del Bronce cuyos restos aún perduran a lo largo de los siglos y los embates del viento y la lluvia, situado junto a un abismo de 100 m de altura frente al mar. Sentado junto al risco, uno se siente perdido en mitad de ninguna parte y a la vez, invadido por una sensación de paz y quietud, difícilmente descriptible. Pero eso debéis comprobarlo por vosotros mismos.

En definitiva, he vuelto algunas veces más, la última muy recientemente. Ya no puedo pasar años y años esperando a volver a visitar esta tierra. No tengo más que cerrar los ojos durante unos segundos mientras oigo el rugir de las olas contra las rocas de Moher, mientras escucho en la lejanía la música tradicional de algún artista local, mientras siento el viento en mi cara y huelo la hierba fresca… Así, y sólo así, sé que estoy respirando la auténtica Irlanda.

Mon Lerma es profesional del Turismo desde hace años, pero sobre todo, ser Guía Turístico es su gran vocación. Ha viajado, ha aprendido, ha disfrutado, ha reído, ha llorado, ha respetado, ha adquirido costumbres… pero sobre todo ha intentado que cada sitio que ha visitado en su vida, sea único en algún aspecto, y por fin puede decir: Irlanda es realmente única, en muchos sentidos.”

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